Datsun Imprimir E-mail
XITLALITL RODRÍGUEZ MENDOZA/ Datsun era el niño más pequeño de su clase. Aunque fue el primero en aprender a escribir su nombre, era incapaz de atar sus agujetas

No entendía el motivo para hacer de una sola cuerda, un embrollo. Casi siempre había alguien que pudiera amarrarlas. Si alguno de los filamentos se deslizaba durante el día, Datsun buscaba en su mochila unas tijeras de punta chata y los cortaba.

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Para nadar -lo infiero por el niño de al lado- no es necesario tocar el piso, y parece que ésta es la característica primordial durante la estancia dentro del agua. Sin embargo, el fondo de las albercas está confeccionado con un lujo cuidadoso cuya importancia radica en un guiño cordial: azulejos claros dan una impresión de cercanía, protección y luminosidad. Como prefiero estar en la estación contemplativa del asunto, esos peces con escamas cuadradas que sólo pueden ver los ganadores de la gesta me dan cierta desconfianza: nada bajo una masa de azul turbio y a cincuenta metros de donde se inicia el recorrido, puede ser un sitio seguro para los paseantes. Al avecinarme a los treinta metros (también intuyo que sólo se cuenta la distancia recorrida horizontalmente), veo a mis piernas dar un paseo circular, cada una por su parte y sin alejarse demasiado. Miro abajo y encuentro cada cuadro multiplicado en millares pero sin perder su voto de sostener un hueco. Doy con la frase que como un payaso de resorte se dispara de la caja más inesperada: estoy en lo hondo. Sin otra salida que ir a la inversa, no hago más que aflorar mi barriga al cielo y salvarme la vida jugando a la muerte de Ofelia.

 

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En el centro de la plaza hay un faro. Si bien el tubo luminoso que arroja se introduce sólido en la pupila, algunas veces la luz se difumina un poco debido a la indigencia del alumbrado público. A ese torreón no le importa el trajín de los navíos porque es una bestia de casa. Aunque algo retorcido le corre por dentro y tiene nombre de espantapájaros, permanece ridículamente elevado, doblando la altura de la iglesia y aplastando el furor de las palomas que con tanto ahínco buscan su lugar entre las aves de ornato. Están perdidos los pichones, no hay posibilidad alguna de apañarse de las escamas de pintura corrediza que visten su falso obelisco, o de sus ventanas que son tres fugitivos famélicos e inalcanzables. No es sino a las cuatro de la tarde cuando el faro deja de ser enigma: la gente busca su delgada sombra. Altos, pequeños, con piedras lisas bajo la lengua, con vestidos espumosos sobre el pasto, todos se acomodan en línea recta, unos detrás de otros, hasta llegar al borde de la avenida. Y así permanecemos fuera de dudas hasta las siete de la noche o casi (horario de invierno). 

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El umbral del baño es una puerta amotinada por los siglos. Permanece cerrada como un adiposo guardián en espera de que alguien toque su hombro para sucederlo. Es una puerta ornada, tallada en la abstinencia de algún artesano rufián; poco vista en las casonas de adobe con patio al centro. Si haces embonar tu oreja en la madera, un choque de locomotoras viene a cobrar su territorio. Un paisaje devastado eleva sus puños y repite su alevosa ventaja en el espacio que ocupa. Al tocarla, las manos son las primeras en salir corriendo. Pero su dureza es necesaria porque un verano entero se domestica en ella. Todos pasan, más o menos en entera posesión de voluntad al albedrío, del otro lado. Salvo ella, que al decir por su desvencijado y apolillado nicho, no alcanzó a llegar.

 

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BYCICLE DRESS

 

La tarde es el interior de una cuchara.

Por dentro

la curvatura del movimiento

se eriza sobre un riel y dos llantas,

el zanco en espiral del equilibrio.

 

Este vestido en que ando

es un derrame de camino

raya ausente raya blanca

sobre el asfalto.

La tela crece

se esponja con el pedaleo

de inhalaciones huecas.

 

Todo es ondulación y retorno,

y entiendo que el horizonte

no es más que metro y medio de poliéster a la redonda.

Andar en bici con vestido

no es hacer silbar las banquetas

con doce centímetros forrados de charol.

 

La bici con vestido

anda en los espejos

de una ciudad acantilada

memorizando, sobre mí,

la resonancia de una estación perenne.

 

 

FICHA BIOGRÁFICA

Xitlalitl Rodríguez Mendoza (Guadalajara, Jalisco, 1982). Estudió la licenciatura en Letras Hispánicas en la Universidad de Guadalajara y en la universidad de Rennes II Haute Bretagne, en Francia. Es redactora de la sección Internacional de Milenio, columnista del suplemento Fin de Semana, del mismo diario y miembro del consejo editorial de Reverso. Obtuvo la Beca de Apoyo a Jóvenes Creadores del FONCA en poesía en 2008-2009. Ha publicado en revistas como Replicante, Luvina, Tierra Adentro, Armas y Letras, entre otras. Es autora de los libros de poemas Polvo lugar (Zonámbula, 2007) y Datsun (Punto de partida, 2009).

 


                  

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